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miércoles, 5 de diciembre de 2018

PREGUNTAS POR SER FELIZ

PREGUNTAS POR SER FELIZ - Reflexión personal

Es casi paradójico que mientras más esfuerzos hagamos por ser feliz, cuando más lo intentemos, las cosas no resulten como esperamos.
¿Acaso la felicidad corre más rápido y no la podemos alcanzar? ¿Que no es la felicidad algo estable y sólo es algo pasajero?
Ser feliz no es una meta. Ser feliz es un camino. Es una opción que tomamos. Pero cuando esta opción de ser feliz involucra a "dos", se hace difícil mantenerla.
Tal vez es posible cuando ambos (quienes escogieron ser felices), ponen todo de su parte, ponen su máximo esfuerzo por hacer feliz el uno al otro, cuando la cosa resulta.
Como decía Camilo Sesto en una canción: ¡Qué difícil es ser feliz!
Hace mucho que pienso que ser feliz es una opción. Que es uno mismo el que elije ser o no ser feliz. Pero... ¿En qué nos equivocamos y -a pesar del esfuerzo- no logramos ser felices?
Difícil es encontrar la respuesta.
Si ser feliz es una opción ¿por qué es tan difícil serlo? ¿Será que la felicidad es una "frecuencia" y ésta debe coincidir con la "frecuencia" de la otra persona con la que has escogido ser feliz?
Para ciertos filósofos, la felicidad no se encuentra afuera... sino que está dentro de nosotros. En algún lugar de nosotros.
A mi edad he aprendido que la felicidad -muchas veces- está presente. Está con nosotros en instantes, en diferentes momentos de nuestras vidas, pero somos incapaces de verla, tal vez obcesionados por la misma búsqueda de ser felices.
Parece que es mejor dejar de intentar ser feliz. Es mejor aprovechar ese momento, ese instante en que la felicidad se hace visible, para aprovecharla al máximo, estrujarla todo lo que se pueda.
Mientras tanto... hay que intentar ordenar las ideas... aunque cueste... ordenar las ideas.

jueves, 13 de octubre de 2016

Mahatma Gandhi sobre la cuestión judía y Palestina

Los siguientes párrafos han sido extraídos del artículo de Mahatma Gandhi sobre la cuestión judía y Palestina. El documento matriz de Gandhi fue preparado en Segaon, India, el 20 de noviembre de 1938. Fue publicado en “Harijan” el 26 de de noviembre de ese mismo año:

"No termina de convencerme el reclamo de establecer un hogar nacional para los judíos. La sustentación de este pedido se busca en la Biblia y en la tenacidad con la que los judíos desean retornar a Palestina. Me pregunto ¿por qué ellos, al igual que los demás pueblos del planeta, no reconocen que su patria es la tierra en la que han nacido y en la que se ganan la vida? Palestina pertenece a los árabes en el mismo sentido que Inglaterra pertenece a los ingleses o Francia a los franceses. Es equivocado e inhumano imponer a los árabes la aceptación de los judíos. Ningún código moral de conducta puede justificar lo que está sucediendo el día de hoy en Palestina. La Administración Británica carece de legitimidad, a no ser la proveniente de la Primera Guerra Mundial. Sin lugar a dudas, sería un crimen contra la humanidad someter a los orgullosos árabes con la finalidad que Palestina pueda ser restaurada parcial o totalmente como hogar nacional de los judíos. La solución generosa de este problema es la de insistir en un tratamiento justo para los judíos, cualquiera sea el lugar donde hayan nacido y crecido. Los judíos nacidos en Francia son franceses, exactamente en el mismo sentido que los cristianos nacidos en Francia son franceses. Si los judíos tienen como hogar sólo a Palestina, ¿les gustará la idea de ser forzados a abandonar las otras regiones del mundo en las que se han establecido? ¿O es que desean un hogar por partida doble, en el que puedan permanecer a su voluntad? Este llamado para fundar un hogar nacional proporciona justificación válida para la expulsión de los judíos de Alemania. Quisiera ahora dirigirme a los judíos que se encuentran en Palestina. No tengo ninguna duda que están siguiendo el camino equivocado. La Palestina de la concepción bíblica no es un territorio geográfico. Más bien vive en sus corazones. No obstante, si deben mirar a la Palestina de la geografía como su hogar nacional, se equivocan si tratan de entrar en ella con la ayuda de la bayoneta o de la bomba. Los judíos sólo pueden establecerse en Palestina contando con la buena voluntad de los árabes. Deben buscar convertir el corazón árabe. El mismo Dios que rige el corazón judío gobierna el corazón árabe. Los judíos pueden practicar la resistencia no violenta frente a los árabes y ofrecerse a ser fusilados o arrojados al Mar Muerto sin levantar un solo dedo contra ellos. Encontrarán que la opinión mundial estará a su favor en su aspiración religiosa. Si sólo dejarán de lado la ayuda de la bayoneta británica existirían cientos de maneras de razonar con los árabes. Tal como están las cosas, los judíos comparten con los británicos el despojo de un pueblo que, como el palestino, no les ha causado ningún daño. No estoy defendiendo los excesos árabes. Me hubiera gustado que hubieran escogido el camino de la no violencia para resistir lo que consideran con todo derecho como el injustificado despojo de su patria. Sin embargo, de acuerdo con los cánones aceptados sobre lo que es el bien y el mal, nada puede decirse contra la resistencia árabe teniendo en cuenta su abrumadora debilidad frente a la penetración judía".

viernes, 8 de julio de 2016

La hoja de Ar-Ramlah - Gassan Kanafani

Un 8 de julio de 1972 pasaba a la inmortalidad Ghassan Kanafani, asesinado por los servicios secretos israelíes junto a su sobrina de 12 años. 

Comparto un cuento corto suyo inédito, "La hoja de Ar Ramblah", la que fue publicada por la Embajada Palestina en la República Argentina
(ver URL: https://goo.gl/V3fyGj )

La hoja de Ar-Ramlah - Gassan Kanafani

Nos colocaron en dos filas, a cada lado de la carretera que llevaba de Ar-Ramblah a Jerusalén. Nos obligaron a levantar los brazos, en forma de cruz, y cuando uno de los soldados judíos vio que mi madre me ponía delante de ella. Para protegerme con su sombra del sol de julio, me empujó violentamente hasta la mitad del camino polvoriento, haciéndome colocar las manos sobre la cabeza, y obligándome a mantener el equilibrio en una sola pierna.


Yo tenía entonces nueve años. Cuatro horas antes había presenciado la invasión de Ar-Ramblah por los soldados judíos. En mi incómoda posición, desde el medio del camino, vi cómo los soldados buscaban las joyas de las mujeres, y se las arrancaban, a las jóvenes y a las viejas.
Algunas mujeres soldados también hacían lo mismo, sólo que con mucho más entusiasmo.
Mi madre no paraba de mirarme, y lloraba silenciosamente. Tuve unas ganas tremendas de decirle que me encontraba bien, y que el sol no me molestaba tanto como ella imaginaba. Yo era lo único que le quedaba a mi madre; mi padre había muerto un año antes del comienzo de los ataques, y mi hermano había sido capturado cuando los judíos entraron en Ar-Ramlah.
EL sol comenzaba a hacer flaquear a los viejos y a algunas mujeres. Aquí y allí se elevaron protestas desesperadas. Yo continuaba haciendo equilibrio en un solo pie, y ya empezaba a reconocer algunas caras que siempre me encontraba por las estrechas calles de Ar-Ramlah. Al mismo tiempo, sentí una cosa extraña cuando ví a una soldado judía riéndose y tirando de la barba del tío Abu Utman.
No es que fuese precisamente mi tío, pero le llamábamos tío por aprecio y por respeto. Era barbero, y hacía de modesto médico en Ar-Ramlah. Desde que lo conocimos, aprendimos a quererlo.
Estaba allí, de pie, abrazando a su hija menor, Fátima, pequeña y morena, que fijaba sus grandes ojos negros en los soldados judíos que se acercaban.
Una soldado morena preguntó:
-¿Es su hija?
Abu Utman movió la cabeza afirmativamente, en sus ojos inquietos había un extraño presentimiento. La soldado simplemente agarró su arma y le apuntó a la cabeza a Fátima, la pequeña de ojos siempre asustados. En aquél momento pasó delante de mí un soldado, al que la situación le llamó la atención. Se paró delante de mí, y así me impidió ver lo que pasó. Lo que sí oí fue el estampido de tres tiros. A continuación vi la cara de Abu Utman, transfigurada, horrorizada por la desgracia.
Miré a Fátima, cuya cabeza prendía hacia adelante, mientras un reguero de sangre escurría por su pelo, hasta caer al suelo, tórrido y polvoriento.
Un instante después, Abu Utman pasó rozándome, llevando en brazos el cadáver de Fátima, la pequeña morena, cuyos ojos asustados ya no tenían vida.
Abu Utman estaba rígido, mirando al infinito en un terrible silencio. Cuando pasó a mi lado, no me miró. Seguí con la vista sus pasos hasta la esquina, observando su espalda curvada. Me volví para mirar a su mujer, que lloraba sentada en el suelo, con la cabeza entre las manos, lanzando gemidos.
Un soldado judío llegó hasta ella y le ordenó que se levantara. La vieja ni le hizo caso, estaba desesperada.
Esta vez pude ver claramente lo que pasó. Vi con mis propios ojos como el soldado le dio una patada, y a ella caer para atrás, con la cara ensangrentada. Vi después, claramente, como el soldado apoyaba el fusil en el pecho de ella y disparaba un solo tiro.
Enseguida el soldado vino hacia mí, para mandarme levantar el pie que, sin querer, yo había apoyado en el suelo. 
Lo hice rápidamente, y recibí dos cachetadas. Después, el soldado se limpió las manos, que estaban sucias de sangre, en mi camisa. Sentí un cansancio invencible, y miré nuevamente a mi madre que, con los brazos en cruz, lloraba sin hacer ruido.
Las piernas me flaqueaban, y tuve miedo de que no me sostuviesen. Deseaba locamente correr hacia mi madre y decirle que las cachetadas no me habían hecho mucho daño, que estaba bien, que no llorase.
Los pasos de Abu Utman interrumpieron mis pensamientos. Volvía a su sitio, después de haber enterrado a Fátima. Me acordé de repente de que también habían matado a su mujer, y que ahora él iba a saberlo.
Se paró antes de llegar. Me daba miedo. Podía ver sus hombros cargados, el sudor corriendo por la espalda, pero me estaba imaginando su cara: inmóvil, silenciosa, cubierta de sudor.
Abu Utman se agachó para recoger el cuerpo de su mujer a la que durante tanto tiempo yo había visto sentada en la puerta de la barbería, esperando a que terminase de comer, para volver con los platos a casa.
No tardó en pasar junto a mí, por tercera vez. Estaba sin aliento, y el sudor se pegaba a su cara cansada. 
Las personas habían dejado de llorar. Sobre los viejos y las mujeres se abatió un silencio dolorido.
Era como si los pensamientos de Abu Utman royesen a todos. Los recuerdos entrañables, las pequeñas historias que Abu Utman contaba a todos los hombres de Ar Ramblah, entre sus manos en la barbería. Todo ello constituía un mundo particular para las personas del lugar. Los recuerdos parecían meterse insistentemente en los huesos de todos.
Abu Utman siempre había sido un hombre amable y pacífico, confiado de sí mismo y de todos los demás. Empezó su vida desde cero, cuando la revolución del Monte de Fuego lo arrastró a Ar Ramblah. Lo había perdido todo, y comenzó de nuevo, como los retoños que crecían en la tierra buena de Ar Ramblah. Se ganó el cariño y el aprecio de todos. Cuando comenzó la última guerra en Palestina, lo vendió todo y compró armas, que repartió entre sus parientes, a fin de que cumpliesen con su deber en la batalla.
La barbería se transformó en polvorín, y nunca pidió nada por este sacrificio. Todo lo que quería era ser enterrado en el bonito cementerio, lleno de grandes árboles, de Ar Ramblah.
Eran estos recuerdos los que mantenían a todo el mundo en silencio, personas que empapadas de sudor, sufrían con el peso de estos pensamientos.
Miré otra vez a mi madre, que se mantenía en pie, con los brazos en alto, firme, como si no llevase ya tanto tiempo así.
Busqué a Abu Utman. Lo vi de lejos, hablando con un soldado judío, gesticulando y señalando su barbería. No tardó en ir hacia ella, y volvió con una sábana blanca, con la que cubrió el cadáver de su mujer, y caminó después hacia el cementerio.
Más tarde lo vi volver, andando pesadamente, con los brazos caídos, los hombros más cargados que nunca. Parecía mucho más viejo, cubierto de tierra y sudor, rengueando. En su chaleco el sudor se mezclaba con sangre.
Me miró como si me viese por primera vez, me miró largamente, intentando recuperar el aliento. En su mirada había muchas cosas que yo no podía entender, pero que sentía claramente. Poco a poco volvió a andar despacio, sofocado, trató de dar algunos pasos más, me miró y por fin levantó los brazos como los demás.
No nos fue dado el derecho de enterrar a Abu Utman como él deseaba, pues, cuando le llamaron para confesar lo que sabía y lo que no, oímos una terrible explosión que destruyó la casa, e hizo que el cuerpo de Abu Utman se perdiese en las ruinas.
A mi madre le contaron, mientras nos llevaban a través de las montañas hacia Jordania, que cuando Abu Utman fue a la barbería, antes de enterrar a su mujer, no trajo solamente la sábana blanca.


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Ghassan Kanafani fue uno de los más brillantes literatos palestinos que participó activamente en la causa para la Liberación de Palestina.
Se desempeñó como redactor en jefe de el diario Al-Hadaf.
Fue asesinado por militares sionistas de los servicios secretos israelíes, junto a su sobrina de 12 años, un 8 de julio de 1972 (hace exactamente 44 años a la fecha de esta publicación).
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