.

En este blog encontraras inquietudes, planteamientos, pensamientos, noticias, curiosidades y una que otra cosa jocosa.
Si deseas hacer comentarios hazlo. Sólo no se publicarán los comentarios abusivos, obscenos, vulgares, odiosos, amenazantes, o que atenten en contra de personas o instituciones.
Los desacuerdos o correcciones al autor son muy bienvenidos... Pero siempre en un marco de respeto.

jueves, 13 de octubre de 2016

Mahatma Gandhi sobre la cuestión judía y Palestina

Los siguientes párrafos han sido extraídos del artículo de Mahatma Gandhi sobre la cuestión judía y Palestina. El documento matriz de Gandhi fue preparado en Segaon, India, el 20 de noviembre de 1938. Fue publicado en “Harijan” el 26 de de noviembre de ese mismo año:

"No termina de convencerme el reclamo de establecer un hogar nacional para los judíos. La sustentación de este pedido se busca en la Biblia y en la tenacidad con la que los judíos desean retornar a Palestina. Me pregunto ¿por qué ellos, al igual que los demás pueblos del planeta, no reconocen que su patria es la tierra en la que han nacido y en la que se ganan la vida? Palestina pertenece a los árabes en el mismo sentido que Inglaterra pertenece a los ingleses o Francia a los franceses. Es equivocado e inhumano imponer a los árabes la aceptación de los judíos. Ningún código moral de conducta puede justificar lo que está sucediendo el día de hoy en Palestina. La Administración Británica carece de legitimidad, a no ser la proveniente de la Primera Guerra Mundial. Sin lugar a dudas, sería un crimen contra la humanidad someter a los orgullosos árabes con la finalidad que Palestina pueda ser restaurada parcial o totalmente como hogar nacional de los judíos. La solución generosa de este problema es la de insistir en un tratamiento justo para los judíos, cualquiera sea el lugar donde hayan nacido y crecido. Los judíos nacidos en Francia son franceses, exactamente en el mismo sentido que los cristianos nacidos en Francia son franceses. Si los judíos tienen como hogar sólo a Palestina, ¿les gustará la idea de ser forzados a abandonar las otras regiones del mundo en las que se han establecido? ¿O es que desean un hogar por partida doble, en el que puedan permanecer a su voluntad? Este llamado para fundar un hogar nacional proporciona justificación válida para la expulsión de los judíos de Alemania. Quisiera ahora dirigirme a los judíos que se encuentran en Palestina. No tengo ninguna duda que están siguiendo el camino equivocado. La Palestina de la concepción bíblica no es un territorio geográfico. Más bien vive en sus corazones. No obstante, si deben mirar a la Palestina de la geografía como su hogar nacional, se equivocan si tratan de entrar en ella con la ayuda de la bayoneta o de la bomba. Los judíos sólo pueden establecerse en Palestina contando con la buena voluntad de los árabes. Deben buscar convertir el corazón árabe. El mismo Dios que rige el corazón judío gobierna el corazón árabe. Los judíos pueden practicar la resistencia no violenta frente a los árabes y ofrecerse a ser fusilados o arrojados al Mar Muerto sin levantar un solo dedo contra ellos. Encontrarán que la opinión mundial estará a su favor en su aspiración religiosa. Si sólo dejarán de lado la ayuda de la bayoneta británica existirían cientos de maneras de razonar con los árabes. Tal como están las cosas, los judíos comparten con los británicos el despojo de un pueblo que, como el palestino, no les ha causado ningún daño. No estoy defendiendo los excesos árabes. Me hubiera gustado que hubieran escogido el camino de la no violencia para resistir lo que consideran con todo derecho como el injustificado despojo de su patria. Sin embargo, de acuerdo con los cánones aceptados sobre lo que es el bien y el mal, nada puede decirse contra la resistencia árabe teniendo en cuenta su abrumadora debilidad frente a la penetración judía".

viernes, 8 de julio de 2016

La hoja de Ar-Ramlah - Gassan Kanafani

Un 8 de julio de 1972 pasaba a la inmortalidad Ghassan Kanafani, asesinado por los servicios secretos israelíes junto a su sobrina de 12 años. 

Comparto un cuento corto suyo inédito, "La hoja de Ar Ramblah", la que fue publicada por la Embajada Palestina en la República Argentina
(ver URL: https://goo.gl/V3fyGj )

La hoja de Ar-Ramlah - Gassan Kanafani

Nos colocaron en dos filas, a cada lado de la carretera que llevaba de Ar-Ramblah a Jerusalén. Nos obligaron a levantar los brazos, en forma de cruz, y cuando uno de los soldados judíos vio que mi madre me ponía delante de ella. Para protegerme con su sombra del sol de julio, me empujó violentamente hasta la mitad del camino polvoriento, haciéndome colocar las manos sobre la cabeza, y obligándome a mantener el equilibrio en una sola pierna.


Yo tenía entonces nueve años. Cuatro horas antes había presenciado la invasión de Ar-Ramblah por los soldados judíos. En mi incómoda posición, desde el medio del camino, vi cómo los soldados buscaban las joyas de las mujeres, y se las arrancaban, a las jóvenes y a las viejas.
Algunas mujeres soldados también hacían lo mismo, sólo que con mucho más entusiasmo.
Mi madre no paraba de mirarme, y lloraba silenciosamente. Tuve unas ganas tremendas de decirle que me encontraba bien, y que el sol no me molestaba tanto como ella imaginaba. Yo era lo único que le quedaba a mi madre; mi padre había muerto un año antes del comienzo de los ataques, y mi hermano había sido capturado cuando los judíos entraron en Ar-Ramlah.
EL sol comenzaba a hacer flaquear a los viejos y a algunas mujeres. Aquí y allí se elevaron protestas desesperadas. Yo continuaba haciendo equilibrio en un solo pie, y ya empezaba a reconocer algunas caras que siempre me encontraba por las estrechas calles de Ar-Ramlah. Al mismo tiempo, sentí una cosa extraña cuando ví a una soldado judía riéndose y tirando de la barba del tío Abu Utman.
No es que fuese precisamente mi tío, pero le llamábamos tío por aprecio y por respeto. Era barbero, y hacía de modesto médico en Ar-Ramlah. Desde que lo conocimos, aprendimos a quererlo.
Estaba allí, de pie, abrazando a su hija menor, Fátima, pequeña y morena, que fijaba sus grandes ojos negros en los soldados judíos que se acercaban.
Una soldado morena preguntó:
-¿Es su hija?
Abu Utman movió la cabeza afirmativamente, en sus ojos inquietos había un extraño presentimiento. La soldado simplemente agarró su arma y le apuntó a la cabeza a Fátima, la pequeña de ojos siempre asustados. En aquél momento pasó delante de mí un soldado, al que la situación le llamó la atención. Se paró delante de mí, y así me impidió ver lo que pasó. Lo que sí oí fue el estampido de tres tiros. A continuación vi la cara de Abu Utman, transfigurada, horrorizada por la desgracia.
Miré a Fátima, cuya cabeza prendía hacia adelante, mientras un reguero de sangre escurría por su pelo, hasta caer al suelo, tórrido y polvoriento.
Un instante después, Abu Utman pasó rozándome, llevando en brazos el cadáver de Fátima, la pequeña morena, cuyos ojos asustados ya no tenían vida.
Abu Utman estaba rígido, mirando al infinito en un terrible silencio. Cuando pasó a mi lado, no me miró. Seguí con la vista sus pasos hasta la esquina, observando su espalda curvada. Me volví para mirar a su mujer, que lloraba sentada en el suelo, con la cabeza entre las manos, lanzando gemidos.
Un soldado judío llegó hasta ella y le ordenó que se levantara. La vieja ni le hizo caso, estaba desesperada.
Esta vez pude ver claramente lo que pasó. Vi con mis propios ojos como el soldado le dio una patada, y a ella caer para atrás, con la cara ensangrentada. Vi después, claramente, como el soldado apoyaba el fusil en el pecho de ella y disparaba un solo tiro.
Enseguida el soldado vino hacia mí, para mandarme levantar el pie que, sin querer, yo había apoyado en el suelo. 
Lo hice rápidamente, y recibí dos cachetadas. Después, el soldado se limpió las manos, que estaban sucias de sangre, en mi camisa. Sentí un cansancio invencible, y miré nuevamente a mi madre que, con los brazos en cruz, lloraba sin hacer ruido.
Las piernas me flaqueaban, y tuve miedo de que no me sostuviesen. Deseaba locamente correr hacia mi madre y decirle que las cachetadas no me habían hecho mucho daño, que estaba bien, que no llorase.
Los pasos de Abu Utman interrumpieron mis pensamientos. Volvía a su sitio, después de haber enterrado a Fátima. Me acordé de repente de que también habían matado a su mujer, y que ahora él iba a saberlo.
Se paró antes de llegar. Me daba miedo. Podía ver sus hombros cargados, el sudor corriendo por la espalda, pero me estaba imaginando su cara: inmóvil, silenciosa, cubierta de sudor.
Abu Utman se agachó para recoger el cuerpo de su mujer a la que durante tanto tiempo yo había visto sentada en la puerta de la barbería, esperando a que terminase de comer, para volver con los platos a casa.
No tardó en pasar junto a mí, por tercera vez. Estaba sin aliento, y el sudor se pegaba a su cara cansada. 
Las personas habían dejado de llorar. Sobre los viejos y las mujeres se abatió un silencio dolorido.
Era como si los pensamientos de Abu Utman royesen a todos. Los recuerdos entrañables, las pequeñas historias que Abu Utman contaba a todos los hombres de Ar Ramblah, entre sus manos en la barbería. Todo ello constituía un mundo particular para las personas del lugar. Los recuerdos parecían meterse insistentemente en los huesos de todos.
Abu Utman siempre había sido un hombre amable y pacífico, confiado de sí mismo y de todos los demás. Empezó su vida desde cero, cuando la revolución del Monte de Fuego lo arrastró a Ar Ramblah. Lo había perdido todo, y comenzó de nuevo, como los retoños que crecían en la tierra buena de Ar Ramblah. Se ganó el cariño y el aprecio de todos. Cuando comenzó la última guerra en Palestina, lo vendió todo y compró armas, que repartió entre sus parientes, a fin de que cumpliesen con su deber en la batalla.
La barbería se transformó en polvorín, y nunca pidió nada por este sacrificio. Todo lo que quería era ser enterrado en el bonito cementerio, lleno de grandes árboles, de Ar Ramblah.
Eran estos recuerdos los que mantenían a todo el mundo en silencio, personas que empapadas de sudor, sufrían con el peso de estos pensamientos.
Miré otra vez a mi madre, que se mantenía en pie, con los brazos en alto, firme, como si no llevase ya tanto tiempo así.
Busqué a Abu Utman. Lo vi de lejos, hablando con un soldado judío, gesticulando y señalando su barbería. No tardó en ir hacia ella, y volvió con una sábana blanca, con la que cubrió el cadáver de su mujer, y caminó después hacia el cementerio.
Más tarde lo vi volver, andando pesadamente, con los brazos caídos, los hombros más cargados que nunca. Parecía mucho más viejo, cubierto de tierra y sudor, rengueando. En su chaleco el sudor se mezclaba con sangre.
Me miró como si me viese por primera vez, me miró largamente, intentando recuperar el aliento. En su mirada había muchas cosas que yo no podía entender, pero que sentía claramente. Poco a poco volvió a andar despacio, sofocado, trató de dar algunos pasos más, me miró y por fin levantó los brazos como los demás.
No nos fue dado el derecho de enterrar a Abu Utman como él deseaba, pues, cuando le llamaron para confesar lo que sabía y lo que no, oímos una terrible explosión que destruyó la casa, e hizo que el cuerpo de Abu Utman se perdiese en las ruinas.
A mi madre le contaron, mientras nos llevaban a través de las montañas hacia Jordania, que cuando Abu Utman fue a la barbería, antes de enterrar a su mujer, no trajo solamente la sábana blanca.


- - - - - - - - - - - 

Ghassan Kanafani fue uno de los más brillantes literatos palestinos que participó activamente en la causa para la Liberación de Palestina.
Se desempeñó como redactor en jefe de el diario Al-Hadaf.
Fue asesinado por militares sionistas de los servicios secretos israelíes, junto a su sobrina de 12 años, un 8 de julio de 1972 (hace exactamente 44 años a la fecha de esta publicación).
Más información en Wikipedia

jueves, 12 de mayo de 2016

Me caí del mundo y no sé por dónde se entra (para mayores de 50) - Eduardo Galeano

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco. No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales. ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!

Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo. Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. Es más ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. Tiramos absolutamente todo. Ya no hay zapatero que remiende un zapatero, ni colchonero que sacuda un colchón y lo deje como nuevo, ni afiladores por la calle para los cuchillos. De “por ahí” vengo yo, de cuando todo eso existía y nada se tiraba. Y no es que haya sido mejor, es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo”, pasarse al “compre y bote que ya se viene el modelo nuevo”. Hay que cambiar el auto cada tres años porque si no, eres un arruinado. Aunque el coche esté en buen estado. ¡Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo! Pero por Dios.

Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre. Me educaron para guardar todo. Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir.

Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso a las tradiciones) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes, el primer cabello que le cortaron en la peluquería… ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los trapos de cocina, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos…  ¡¡Guardábamos hasta las tapas de los refrescos!! Los corchos de las botellas, las llavecitas que traían las latas de sardinas.  ¡Y las pilas! Las pilas pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil en un par de usos.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡Los diarios! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia, para limpiar vidrios, para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne o desenvolviendo los huevos que meticulosamente había envuelto en un periódico el tendero del barrio! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer adornos de navidad y las páginas de los calendarios para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos reutilizarlos estando encendida otra vela, y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Con el tiempo, aparecía algún pedazo derecho que esperaba a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Y hoy, sin embargo, deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir.

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de duraznos se volvieron macetas, portalápices y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza y los corchos esperaban pacientemente en un cajón hasta encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.

Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. De la moral que se desecha si de ganar dinero se trata. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.

No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte en cuanto confunden el nombre de dos de sus nietos, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos en cuanto a uno de ellos se le cae la barriga, o le sale alguna arruga.  Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a mi señora como parte de pago de otra con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que ella me gane de mano y sea yo el entregado.


Eduardo Galeano
17/08/2013

Fuente: Radio Universidad de Chile